banco de problemas 7

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banco de problemas 7

Flysmael
Administrador
Banco de problemas: 7

AJENO
En este oficio hay días en que uno tiene que preguntarse por dónde empezar. En un tiempo, lejanísimo ya, uno prendía un cigarro y ponía los ojos en la cuartilla en blanco hasta que el humo hallaba la forma de advertirle que estaba al acabarse la tregua. El juego consistía en tomar el bolígrafo y amenazar con la punta al papel. Apuntar y soltar. Apuntar, inhalar, soltar, espirar. Y el papel en blanco. Al tiempo, el procedimiento fue mejorado, porque se halló que el lápiz era más barato y, con el uso de una buena goma, el escrito quedaba muy decente. Hubo días de cigarro, café y ron, pero la redacción no mejoraba, aunque sí la inspiración. Los viejos de la revista donde trabajábamos por esa época no se cansaban de decirnos que el verdadero periodista trabajaba directamente a máquina. Cosas del tiempo de El Mundo y Diario de la Marina, probablemente era.
El por dónde empezar  tiene a veces su costado de no querer ofender a quien no se debe/ no conviene. El temor de que alguno salga diciendo luego que se está tratando de desconocer la autoridad no es tan infantil como se cree. En verdad el respeto ha sido siempre la mejor ley. “Parejo, ¿ol’rai?”, decía el viejo aquel de las cañabravas y los cordeles de pita. Vienen los recuerdos y el que escribe se pregunta si ha de ser un problema generacional.  Si fueron los cuentos que el padre hacía, hablando siempre de pesquerías y cacerías ― ¿el que escucha que edad tenía? ¿Seis, siete? Tres veces esos años tiene el nieto mayor, saque la cuenta―. Acabaron los relatos cuando la prosperidad que la historia trajo los llevó a vivir en la ciudad. Pero de aquella relación de días de escopeta y cordeles con anzuelos vino la vocación.
El gusto por montear, echarse la mochila sobre los hombros y viajar doscientos, trescientos kilómetros país adentro, a vivir de lo que daba la costa, y de paso hacer algunas fotos, coleccionar vivencias, memorias que ahora arrastran el recuerdo de buenos amigos que no están, y el tesoro de recuerdos con los que ocuparon el lugar que el cronista tuvo con su padre, y el siguiente lugar. Empezar, con la paciencia del que toma un lápiz para dibujar trazos y tiene que esforzarse y repetir mucho, hasta que ahíla letras y se da a entender, pues así la noción del nudo, de la carnada que se asocia al pez, el momento exacto de clavar, la mirada al agua y entender la clave del día. Dudoso que algún pescador no entienda.
Hubo el grupo de amigos  a quien una docena de kilómetros a pie suelto no le quitaba la risa. Hasta convaleciente de una dura neumonía irá alguno a terminar de recuperar la salud en una de aquellas excursiones que eran de una semana, siquiera tres días si las obligaciones o los avatares del poder adquisitivo no daban para más. Entonces nadie añoraba riquezas, modas, aparatos de última tecnología, viajes. Nadie invocaba exilios para sentir que respiraba. El trabajo daba vida y aquellas escapadas eran orgullosas historias de vida. Habría que leer más y acumular años para darse cuenta de que esa devoción por el paisaje era uno de los modos de infiltrarse el país en las venas. Otros levantaban consignas. Pero la vida tiene razones muy concretas.
Un tiempo era en que andando por trillos de apretadas florestas salía gente que no miraban como un intruso al que dejaba su acera y su televisor por tomarles un poco de su sabana, su represa, su orilla pedregosa. Más bien se hallaba con frecuencia, aunque  comarcas despobladas las hubo, quien dijera dónde reponer el agua en las cantimploras, a quien comprarle unos plátanos, algo que pudiera completar lo que  previsoramente se acarreaba. Era así, hay gentes que saben todavía. Así se llenaba la cabeza de nombres de pesqueros, de trillos de costa, de esteros, playazos mejores que el más famoso balneario, cuevas y casimbas donde el agua era confiable, y tembladeras que evadir, descantilados que sortear con paso cauto.
¡Qué tremenda conquista cuando hubo revistas a las que llevar el texto y las fotos de esas vivencias! Anotadas en cartillas dobladas y secas después de empapadas en el bolsillo de exponerse al baño del rompiente con la vara en alto. Y cuantas veces resguardar la cámara con las manos tensas, porque para eso se llevó al paseo, para que hubiera una imagen que hiciera justicia a lo que los ojos recaudaban para llenarse de un encanto que nadie, sino alguno que tuviera entendimientos con el país en que nació, podía expresar mejor, fuera en letras de periodismo, en narrativa, o en poesía.
Así corrieron las edades desde la independencia veinteañera hasta  las épocas en que se encarece al más nuevo de la casa que respire el aire cuyo olor le va a acompañar por mucho tiempo, y que estrene bajo la suela del zapato pequeño lo distinto que es el paso sobre la arena, el fango cauteloso, la piedra que reclama en pendiente el auxilio de la mano. El cansancio que se aprende y un día pide el cuerpo como una medicina, un alimento. Más todavía. Y lograr que suelten ese pez porque poco tiene de aprovechable, y será el que crezca y se reproduzca, ¡y ver que no solo entiende, sino predica!
Habrá que ponerse a pensar en la forma  en que el tiempo corre y el deslumbramiento que la nostalgia reaviva se va cambiando, cambiando, cambiando... Porque ha tenido que recordarse las veces en que de modo a veces amable, otras formal, otras estricto e indiscutible, francamente autoritario al menos una vez, la menos justificada de las veces, en que a quien tan cercano fue de tanto espacio de país de punta a cabo, le fue comunicado que en aquella costa no podía permanecer por muy elevadas razones, ante las cuales todo argumento estuvo de más, incluso la apelación a la ley que daba por libre la pesquería desde aquellos litorales. Solemnes apelaciones del servicio más secreto se oponían.
El sentimiento es deplorable, no puede serlo más: cada tramo de costa de aquellos que fueron negados son líneas del mapa de la patria que nunca volveremos a tener. En ninguno caerán las cenizas de este cuerpo, aunque en urna de curado cedro quisieran llevarlas.