Pesca del patao en Carraguao hace mil añoa

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Pesca del patao en Carraguao hace mil añoa

Flysmael
Administrador
UNA VEZ FUIMOS A LA PESCA DEL PATAO

Teníamos que haberlo recordado cuando Rolando escribió sobre sus pesquerías en el Carraguao hace no tanto tiempo, pero fue apenas esta semana, revisando unos negativos fotográficos viejísimos, cuando apareció una tira con las imágenes que logramos rescatar con más artesanía que técnica, y la memoria se aclaró.
Hubo una salida de pesca hacia aquel mismo río, desde el pueblo de Paso Quemado, pero hace muchísimo: fue en 1994. Íbamos, un amigo y yo, cada semana a tentar la suerte a lo largo del estrecho corredor geográfico que marca la Autopista A-4, directo a Pinar del Río. Pero nunca alcanzábamos la ciudad capital de occidente, porque el objeto de los viajes en aquella época era conseguir el arroz que faltaba en La Habana, y luego a mejorar la economía cuando la comercialización de avíos de pesca demostró sus posibilidades.
Mucho se aprendió  en esos años y no pocas pesquerías se hicieron en aquel territorio de paisaje deslumbrante, cuyas montañas ascendimos hasta descubrir el nacimiento del río San Diego, su confluencia con el arroyo La Catalina y el trayecto ameno hasta la desembocadura en el extremo oeste la ensenada de Dayaniguas, que el opuesto, oriental, es precisamente donde se abre la boca del Carraguao. ¿Sabe el lector que este río ―especialmente el área de su desembocadura― era famoso ya a mediados del siglo pasado, más específico, en los años del 1950, cuando hasta allí los guías de turismo llevaban a sus clientes a pescar el sábalo?

Nuestro viaje de los tempranos y agobiados noventa no era nada diferente del que por estos días relata nuestro colaborador Rolando, el cronista de pesca de Entronque de San Diego. Una salida muy de madrugada; se acaban pronto las casas del trayecto y se verán pasar los arrozales primero y, tras dejas atrás dos o tres cruces de canales, tal vez algunas casuarinas y más tarde el mangle, arbolado que tamizaba la luz de la luna llena, que estaba en fase, mientras el cuerpo era envuelto por cuanto abrigo, impermeable, o saco de yute estuviera a mano, tal vez por el frío de aquel diciembre, y más por el asedio de los jejenes y esos mosquitos prietos de ardiente lanceta.  
A la orilla llegamos como a ciegas, siguiendo pasos de gente del país. La carnada nos resultó inusual rara: escaramujo, un molusco que coloniza muy abundante las raíces del mangle. Sin quitarles la concha, se clava levemente un anzuelo que calculo sería un número 14 más o menos, sin importar si recto o de la punta inclinada a un lado; usamos monofilamento bien fino, algunos con vara criolla y otros con un revoleito corto: no hace falta más. Se baja al agua sin demasiado alboroto, porque basta hacer descender el aparejo recto bajo la rama donde estamos sentados o haciendo equilibrio sobre los dos pies, y se está atento, porque dicen los buenos pescadores de allí, los que regresan con medio saco de pataos cada jornada, que el peje pica hacia arriba, lo que no tiene nada de raro, si pensamos en cuál será la forma más corriente en que hallará el animal su comida cuando la toma de las raíces del mangle.
Sospecho que los que mejor suerte han tenido les toca luego el trabajo monótono e incómodo de eviscerar y descabezar cada uno de los pescaditos esos, el más grande de ellos en su media libra, cuando lleguen al pueblo ya con otra noche encima, y un cansancio mordiéndoles las articulaciones como perros jíbaros. Pero la buena fritura aparece enseguida para acompañar el aguardiente festivo. Que si uno no celebra el agotamiento y cuenta la jornada, qué gracia tiene meterse en la boca cenagosa del Carraguao a que lo desangre el mosquito y algún cocodrilo pase, atentos sus ojos sin lágrimas a la abundancia de comida que trae a los árboles esta luna.