Banco de problemas, 12

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Banco de problemas, 12

Flysmael
Administrador
IMPACTANTE
Mire usted qué alegremente, con cuánta inocencia, podría decirse, preparamos de modo minucioso los avíos, madrugamos y allá al agua llegamos a la hora en que el peje pica. Es un saber ancestral, podría decirse, que es aplicado por algunos de nosotros para diversión, por llenar de un contenido satisfactorio esas jornadas, horas, en que la búsqueda del sustento o la obligación docente nos dejan libres.
Ya en lo orilla, desplegar el arsenal de recursos, los avíos de pesca: las varas criollas, el yoyo bien dotado de unas decenas o cientos de metros de monofilamento de nailon, el equipo de vara y carrete que es casi siempre alguna caña de spinning, o baitcasting, o spincasting, raramente de pescar a mosca, que sin embargo funciona. Todo correcto, acorde a las normas: un anzuelo por equipo, o un señuelo. Qué satisfactorio.
Puede que usted lleve la carnada consigo. Magnífico. Calamar o chicharro comprados en el mercado (¿?). De lo contrario va a tratar de buscar la carnada por sí mismo:
-Cangrejo,
-Macao,
-Lombrices de tierra,
-Camarones de agua dulce,
-Calandraca de piedra o de tubo,
-Sardinas u otros peces, como los guajacones en agua dulce,
-Calamar,
-Cigua o Cobo...
Usted observa en torno, está al tanto de la época del año y suele decidir qué es lo mejor para tentar al pez en este día de pesca recreativa.
Pero, ese gasto que hacemos de los  recursos naturales enumerados, ¿en qué medida está provocando una tensión en el equilibrio del ecosistema en el que nos involucramos? No hay todavía modo de establecerlo, pero sí advertir que algunos factores asociados a esta práctica complican los resultados y adicionan daños: nos referimos, por ejemplo, al empleo de contaminantes como la cipermetrina para capturar con mayor facilidad los camarones de agua dulce; la extracción de las referidas calandracas (anélidos poliquetos marinos) rompiendo las rocas coralinas de los fondos inmediatos a las costas; colectando en general cantidades de ejemplares en mayor volumen que el necesario, no vaya a ser que la picada esté mejor que nunca. La cría artificial y venta de algunas especies destinadas a carnada ya es práctica aplicada en algunos lugares del mundo, evita la depredación y agrega puntos a la cadena de valor de esta actividad.
Algún impacto provocamos también en el espacio dónde vamos a realizar la pesquería. En apariencia, la anotada búsqueda de carnada sería una de las primeras causas de degradación de los componentes del medio. Hasta ahora un motivo en cierta medida justificado y aparentemente inapreciable como daño, de acuerdo con la percepción, digamos, tradicional, que poseemos quienes por muchos años frecuentamos la pesca. Pero a estas alturas del desgaste de tales componentes de la fauna, sería una cuestión de responsabilidad fijar en ellos alguna atención.
Tomemos en cuenta que, más o menos medio siglo más antes del presente, la población de aficionados a la pesca en Cuba era considerablemente menor. Que hoy día la cantidad de pescadores recreativos, según la estimación oficial, es prácticamente ínfima en relación con los que se hallaban activos en 1985, pero esto no quiere decir que quienes van de pesquería sean únicamente los que indican las cifras divulgadas. Adicionemos que el criterio de pesca por afición ha estado vinculado en nuestro país con el consumo culinario de los peces, según referencias que han podido  constatarse, al menos desde mediados del siglo XIX. De manera que el incremento de población y la noción de la pesca recreativa como fuente de alimento resultan en conjunto un nuevo y complejo componente de impacto ambiental sobre las aguas.
Un factor de los más importantes es la pesca y acopio desmedido de pescado, sin tomar en cuenta las tallas, que en ocasiones hacen inútil para el consumo algunos ejemplares (aunque, en este sentido, puede que halle alguno que orgullosamente afirme lo deliciosas que son cuando fritas algunas truchas de doce centímetros de largo, la más reciente camada criada en los embalses).
La pesca, aún la realizada con los medios más deportivos, con intención de esparcimiento y sin excesos en la apropiación de los peces, es de por sí un impacto ambiental. La colecta de carnada, acerca de cuya significación ambiental no tenemos noticias de estudios, sería otro  elemento digno de consideración, debido a que no solo resta aportes de alimentos en la cadena trófica del medio, sino a partir de los potenciales daños que de manera directa pueden inferirse en su colecta. El paso sobre los fondos en algunos sitios es vista con aprensión: por ejemplo, en algunos sitios de pesca turística está específicamente prohibido. También el tránsito por las orillas,  si se actúa de manera descuidada, podría acarrear perjuicios en el área litoral. No se trata de renunciar al contacto con la naturaleza, de eliminar la pesca como actividad recreativa, sino de conocer los niveles de impacto de las actividades y adoptar normas de conducta que preserven los valores naturales.  
Este artículo está pensado en buena medida para los futuros investigadores de la pesca deportivo recreativa, que asumen principalmente el enfoque de los estudios de perfil biológico. En cuanto a nosotros, aficionados, mejor que lo tengamos en cuenta y comencemos a prestar atención o, mejor, a tomar notas y usar el celular para registrar algunas evidencias de daños a nuestras áreas de pesca. No extrañarse si un día descubren que en realidad este autor se ha estado quedando corto con sus advertencias.