Banco - Proteger la trucha

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Banco - Proteger la trucha

Flysmael
Administrador
El siglo del boquigrande en la Isla del Coco

Piscator Liseño deja de perder el tiempo con el celular y toma el mando del televisor. Sube la escala de los canales, la baja. Sube hasta el veintisiete, baja al dos. Observa, la serie de pelota. Sube, sube, el quince, la cosa está en candela. Sube, infantil; sube, infantil; sube, infantil. Canturrea con el trovador: “¡Es la hora de gritar televisión!”. Cansado el pulgar, deja en pantalla al capitán Plin en plena pelea, defendiendo su isla del ataque de unos piratas arratonados. Garfio baja de su bajel armado de redes, palangres, nasas, fijas, todo eso, porque le han dicho que en el embalse de Cocos moran las truchas boquigrandes más grandes del mundo y él quiere un récord mundial pa’ comer y pa’ llevar.

El capitán Plin maneja gallardamente su espada, pero su oficial más entrenado para el caso se encuentra a muchos kilómetros al sur, vigilando que las langostas tan valiosas se diviertan jubilosas jugando a las casitas polares en cajas de cartón, mientras avanzan divertidas por la rampa transportadora hacia el avión. Sin respaldo de la inteligencia, pero rápido en su respuesta, hace huir al buque pirata, con las tibias hechas trizas y la calavera agrietada. Mas un grupo de infiltración subacuática ha logrado disimularse entre el marabú y la manigua que rodea la represa y como ninjas han alcanzado el agua los furtivos pescadores sin dar la cara a la tropa inspectora. Allí disponen sus artes de captura masiva. No quieren clarias, ni ají cachucha; hoy han venido sólo por truchas.

¿Saben las depredadoras ratas piratas que esos peces ahorita mismo van a cumplir un siglo de vivir en la Isla del Coco? En bidones los trajeron el año veintiocho: aunque la cuenta es difícil para los cerebros roedores, nada más tendrán que pasar nueve años para que el almanaque se empareje con aquella temporada en que allá por donde hubo una ciénaga y ahora arreglan locomotoras, había estanques de cría de peces y se aclimató la primera camada, traída en barco desde la Florida. Y que los reproductores que se salvaron lograron descendencia y las crías se distribuyeron desde la cuenca del Cuya - agua - teje a la cuenca del Cuidadoso, sin olvidar el Almendral y las lagunas del Tahoro y de Arigüa - nada, que eran sitios adonde comenzó un pequeño negocio de turismo de pesca allá por los años cuarenta.

-- ¿Turismo de pesca en el año cuarenta, profe? ¿Eso no fue antes de..?

-- ¿Tú también, bruto? Era un turismo para millonarios y explotadores.

-- ¿Y después? ¿Qué pasó después Capitán Plin? -- El capitán Plin maneja gallardamente la espada, sonríe candorosamente hacia la cámara y dice:

-- Niños, vayan a la Biblioteca del Cocal, lo que está en los libros no se pregunta.

¡Biblioteca ni biblioteca! Tan malo como está el transporte. Mejor internet. “Después se hicieron muchas, muchas muchas represas” dice en Wiquipega. “Las truchas dijeron, con la boca más grande que nunca: «Esta es la mía, Biajaca», y cada cual salió nadando por su lado, pero en estricto orden, una delante muy apurada y la obra detrás, tirando dentelladas”. Y se pusieron a crecer, a engordar las inmigrantes aplatanadas, a hacer familia, y un día vinieron muy calladitos unos periodistas del Norte, tiraron unos cuantos señuelos en una laguna, y le aseguraron a sus compatriotas:

-- En la Isla del Coco hay la mayor y más frecuente picada de truchas que he visto en mi vida. – Y con eso se armó el desespero y la portadera mal, porque el tipo que se sentaba en una oficina cuya figura en planta era como el dibujo de un huevo, y todas las fachadas de su casa eran tan albas que le decían la mansión blanca, advertía todas las  mañanas “No me vayan a la Isla del Coco”, “No quiero que me vayan a la Isla del Coco”, “No me sale de los cocos que sigan yendo a la Isla del Coco”. Pero que va. Algunos de sus propios socios de tragos y de cacerías de pavos con arco y flecha le decían muy serios:

-- Voy a darme un salto hasta las Bahamas el sábado a ver cómo está el atún.
-- ¿Irte tú en el yate?
-- Noun, Charlie. Tiempo ser corto para dueño de medio cañón del Colorado, de modo que iré en la avioneta, aterrizaré, tomaré el rent-a-boat y veré que hay en el Gulf Stream a la altura de Bimini.
-- ¡Oh yes! ¡Your president sentir envidio for you!

Y el sábado a las cinco la avioneta levantaba vuelo, hacía como que  iba al sudeste, decía adiós oscilando elegantemente las alas, y corregía vuelo sobre Bimini, justo en el momento en que el controlador de vuelos levantaba su vaso plástico de café capuchino con canela, igualito al de las películas, dejaba los ojos descansar sobre unas garzas que atravesaban el matutino firmamento, y la avioneta del socio presidencial tomaba curso al centro de Cocos. “¡Ah que tú escapes!”, decía el presidente, socarrón, y él darse un trago. Aterrizaba el pescador sabatino en cualquier parte, que las avionetas no necesitan para aterrizar más que el tramito que hay entre una parada y otra de un PC a las cuatro de la tarde, y caminaba trabajosamente hasta el ciénago de Zapato, “¿Tú saber dónde?”, preguntándole a cada guajiro en bicicleta que pasaba con una vara de cañabrava y una ensarta, y el noble hombre campestre, licenciado en Inglés inventando unos pesos el fin de semana, le daba las indicaciones en lengua shesperiana. Cuando llegó al embarcadero, no podía dar un paso, tal era la carga de varas, carretes y señuelos que había tenido que echarse encima desde el aeroplano, desconfiado de que un obsequioso ayudante le fuera a quebrar su famosa spin-casting de fibra de carbono con su carretel anti-moño-de-viejas, o le extraviara la caja de crocodiles de arbogast que traía como último recurso para truchas inapetentes. Enseguida el guía echaba a andar el motor, apenas con tres o cuatro tirones de soga al arranque del fueroborda, curveaba bajo la matica de coco, el árbol nacional, enfilaba el primer canalito y después a las aguas del Universo, como le gustaba pensar al amigo del presidente.

-- Jódete, Charles. Tú mandas, yo pesco – Y darse un trago. Estuvo tirando, recogiendo, cambiando rápalas por lombrices artificiales y lombrices por poppers, sacando par de truchas y soltándolas bajo la mirada desconsolada de los balseros locales, hasta que la picada de la trucha devino picada de mosquitoes, y manifestó: “Irnos”. Ya había hecho historia.

Aquel tesoro de laguna tuvo la celebración del medio centenario de la llegada del boquigrande a la Isla de Cocos. Lo celebraron juntos quince norteños y quince coqueños, en una especie de feria comercial de exportadores e importadores del black bass largemouth. Tal fue la impresión del mundo, que desde entonces comenzaron a llegar fanáticos a la pesca de la tierra de los celtas y de los godos y de los ítalos, y de los ítalos y de los ítalos y de los ítalos. Fue lo más grande en quinientos años, o al menos en una quinta parte. Porque los ítalos.... Otro día  les cuento.

En Cocos desde entonces prosperó el negocio del ocio en su variante trucho-pesquera. Con doce cabañitas, ¡doce cabañitas! allá donde usted no llega a verme allá, por las distantes riveras del Cuya- Agua -teje,  pues eso estaba siempre lleno de americanos, o sea, como se hacen llamar los que viven de los lagos grandes hacia abajo, hasta donde hay un  río también grande y además bravo.  Pero hotel, y bien dotado, los hubo en Ana- Vanilla, y Tza-Tza, y ni siquiera lo tuvieron que hacer en La Retonta, que tenía la mejor picada del mundo, no hace falta decir quién lo dijo.  Luego llegaron unos años muy especiales y había tanta trucha que no había problema con comerse unas cuantas y vender todas las demás que quedaran en las represas. Los celtas pusieron hoteles, los godos vendieron camiones, los ítalos se casaron y los rusos se fueron.

-- ¿¿Y hoy Capitán Plin? ¿Y hoy?
-- ¿Hoy? ¿hoy? ¡Hoy es la hooora! ¡De la merienda!
-- ¡Eeeeeeh!
-- No empujen. Hay croquetas de clarias para todos.

 Otra vez dando juego al pulgar sobre el mando, que afortunadamente no se perdió cuando le vendieron el televisor, medio lelo se acuerda Piscator Liseño de aquellos días del noventiocho, cuando les aprobaron dos resoluciones, ¡dos! para proteger un peje llamado lobina negra boquigrande, que en idioma extranjero se decía “Micropterus salmoides”. La doscientos sesenta alentó la sublime locura de capturar los pescados y volverlos a soltar en los embalses de Palmasola y Voladora. Y la otra, la tres veintitrés, propuso que hubiera un tiempo de veda y unas tallas mínimas, a ver si la lobina cogía un chance en sitios tan renombrados como Cuyagüateje, Mal País II, Hanabanilla, Porvenir y la laguna La Redonda. Como lo que a la gente le interesaba era la trucha, y nadie había llegado a averiguar donde vivía la microsaloides esa, pues si te he leído no me acuerdo. Cansado de explorar con su dedo pulgar las externas y bellas perfecciones del mando del televisor, Piscator Liseño pulsa inadvertidamente  la tecla de un canal de la máquina del tiempo y una vieja cancioncita lo sacó de sus doctas reflexiones: “porque en eso llegó el doctor... manejando un cuatrimotorrrr”, y para rematarlo sacaron un cartelito completamente surrealista: “Koniek”.